Sociedad

Publicado en: 28 abril, 2017 | Por PabloMM

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Ana Orantes, el asesinato que prometió ser el último

Han pasado 20 años. Puede que a estas alturas del calendario muchos no la recuerden. Los más jóvenes ni siquiera sabrán quién fue, pero su historia cambió para siempre la percepción de la violencia de género en España.

Ana Orantes tenía 60 años cuando removió la conciencia de todo un país. Fue en ‘De tarde en tarde’, un programa de testimonios que emitió Canal Sur a final de la década de los 90. Cada día, personas anónimas de toda Andalucía se sentaban frente a Irma Soriano para contar sus experiencias personales sobre un tema en particular, desde lo más mundano hasta lo más esencial. El de Ana Orantes fue una cuestión de perra vida y mala muerte.

Yo tenía 13 años. Me recuerdo sentado en el sofá junto a mi madre, que con maldiciones y alguna lágrima se debatía entre la idoneidad de aquello para un adolescente y el valor educacional del mensaje. Ana Orantes contó, como nunca antes se había hecho en televisión, la cruda realidad de la violencia machista. Había estado casada durante 40 años con José Parejo y no era capaz de recordar el día que no recibió un insulto, una agresión o una paliza. Quizás fuera porque ese día nunca existió.

Unos meses antes de acudir al programa había logrado conseguir el divorcio. Vivían en una casa de dos plantas y aunque el juez sabía de la actitud violenta de su marido, sentenció que ella se quedara con el piso de arriba y él con el de abajo, perpetuando así los malos tratos.

Tuvieron 11 hijos que heredaron los abusos de su padre y la indiferencia del entorno. El tratamiento social de la violencia de género era una suerte de eufemismos que oscilaban entre la terminología del “crimen pasional” y la costumbre popular de mirar para otro lado. Porque los malos tratos formaban parte de la intimidad del hogar, aunque los gritos traspasaran las puertas y las ventanas.

Ana sabía que sus palabras le iban a costar la vida. Lo repitió una y otra vez: “Cuando llegue a casa me mata”. En aquellos años, la violencia machista se tramitaba como una multa de tráfico. No existía el 016 ni una cobertura legal que protegiera a las víctimas. No había campañas de concienciación y ni siqueira se practicaba el discurso común de la condena y el reproche al maltratador. La mujer presentaba una denuncia en comisaría y al cabo de unos días la notificación llegaba por correo al domicilio conyugal, lo que a menudo solía derivar en más insultos y agresiones.

Trece días después de la emisión del programa, José Parejo mató a su ya por entonces ex esposa con un mechero y un bidón de gasolina. Murió en prisión seis años después del asesinato, mientras cumplía una condena de 17 que le había sido impuesta por una justicia que no pudo (o no quiso) llegar a tiempo para salvar la vida de Ana Orantes.

Todos sentimos que le habíamos fallado a aquella mujer que tuvo el coraje para exponer públicamente un asunto que hasta entonces se confinaba en el ámbito exclusivo de la privacidad de una pareja.

Dicen que su muerte ayudó a cambiar las cosas. Poco tiempo más tarde, el Gobierno comenzó a legislar contra la violencia de género, eliminando la necesidad de una denuncia previa, requisito indispensable hasta la fecha. Dicen que su muerte sirvió para remover conciencias, pero la realidad es que nadie le preguntó a Ana Orantes si quería ser pionera en esa costumbre tan española de no morir en vano.

Hasta 1997, los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas se contabilizaban en la estadística de “parricidio”: todos los homicidios cometidos contra un familiar en primer grado. Es difícil, por tanto, conocer con exactitud cuántas mujeres fueron asesinadas ese año, pero lo que sí sabemos es que ella fue la víctima número 59 de aquella estadística marañosa. Casi 20 años después, en 2016, 57 han corrido su misma mala suerte.

Dicen que su muerte no fue en vano, pero tras dos décadas de legislación, campañas de sensibilización y más papel mojado, muchas Ana Orantes continúan siendo asesinadas día tras día.


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PabloMM



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